A mis futuros Locutoras y Locutores:
Los medios de comunicación cambian día con día, el avance de las tecnologías y la mayor demanda de trabajo en el área de comunicación nos cierran más las puertas, si esto llegase a afectarles, por favor no se arrepientan de haber elegido la profesión más hermosa, la que les enseña a comunicarse con los demás, a expresar lo que sienten; se el mejor comunicólogo, no uno más, ¿y cómo puedes lograr esto?, pues preparándote todos los días, no pierdas tu esencia, defiende tus ideales y sobre todo haz las cosas con pasión.
Aquí les dejo un pequeño resumen del curso que con gusto (en realidad) les impartí, espero al menos lo lean, espero de todo corazón que les deje algo.
No olviden a esta humilde servidora que intentó dejarles un poco de lo que aprendió en sus años de pupila.
Dejando atrás el sentimentalismo… comencemos!
El oficio de hablar
Locutor, locutora. Los que se ganan la vida hablando por los micrófonos. Los que disponen de una tribuna como nunca soñó Demóstenes ni Cicerón. Las que cada día tienen miles de orejas pendientes de sus labios. Los locos maravillosos y exasperantes que habitan en las cabinas desordenadas de nuestras radios.
Podemos distinguir mil variedades: locutores informativos, conductoras de revistas, entrevistadores, corresponsales, comentaristas deportivos, actores y narradoras de dramas, presentadores de actos… Y los más abundantes, los animadores y animadoras musicales, también conocidos como discjockey o pone-discos.
Muchos aspirantes a este oficio de la palabra, sugestionados por alguna publicidad, se matriculan en cursos caros donde, a más de dinero, gastan tiempo y paciencia en un entrenamiento que, por decir lo menos, resulta incompleto. Emplean horas y horas ejercitando la voz, impostándola. Piensan que en un par de meses, tras esa gimnasia de pulmones, podrán graduarse como locutores. Como si un carpintero lo fuera por haber aceitado el serrucho. Como si el auto hiciera al chofer o el hilo a la costurera.
Ciertamente, la voz, como a un niño, hay que educarla. Todo el aprendizaje para saber colocarla, para subir y bajar tonos, para aprovechar la caja de resonancia de nuestras fosas nasales, para saber respirar y controlar el aire, es bueno. Es magnífico. Lo malo es creerse que, al cabo de estas prácticas, ya somos locutores.
Abra un libro de locución y pensará haberse equivocado de materia: ¿no será de anatomía? Páginas y más páginas, capítulos enteros hablando del diafragma, de la laringe, de la glotis y la epiglotis, del aparato fonador… Y después, ¿qué? ¿Será eso lo fundamental de la locución? Como suele ocurrir, los medios se volvieron fines. La radio empezó a cotizar las voces elegantes, redondas, completas. Voces profundas para los hombres, cristalinas para las mujeres. El que no sacaba un trueno del galillo, no servía para locutor. La que no exhibía un ruiseñor en la garganta, no servía para locutora. Y como la mayoría de los mortales tenemos una voz común, mediana, quedamos descalificados. Sólo unos pocos afortunados de las cuerdas vocales lograron hablar por el micrófono.
Igual que en la televisión, cuando oímos por la radio esas voces tan divinas, tan aterciopeladas, quedamos embelesados, y quién sabe si hasta humillados por ellas. Las admiramos como el enclenque al fisiculturista, como la entradita en carnes a la modelo de pasarela. Y esa fascinación no hace más que reforzar el viejo prejuicio: la palabra es un privilegio de los grandes, de las bellas, de los personajes importantes.
Es hora de tronar estas pompas de jabón. Recordemos a nuestros mejores amigos. ¿Son acaso los que disponen de un timbre más brillante? Hagamos repaso de los líderes de opinión, los que arrastran gente. ¿Son tal vez los que muestran un mayor vozarrón? Cuando conversamos con alguien, no nos estamos fijando tanto en su voz, sino en lo que dice y en la gracia con que lo dice.
No existen voces de locutor. En la radio —como en la vida— hay sitio para todos los registros y todas las formas de hablar. En una radio democrática todas las voces son bienvenidas. El asunto es ver cuál se acomoda mejor a uno u otro programa. Una voz aniñada, que puede ser muy útil para actuar en una novela, no pega para leer el editorial. Una voz muy gruesa no sonará bien conduciendo el espacio juvenil. Y esta cuña sensual no la grabaremos con aquella voz de suegra destemplada. Cada pájaro en su rama y cada voz en su formato.
Entonces, ¿cualquiera puede ser locutor o locutora? Casi cualquiera. Lógicamente, las voces muy nasales, o muy guturales, o demasiado chillonas, o tartamudas, no nos servirán para animar un programa. Pero ésas son las menos. Si atendemos al funcionamiento de las cuerdas vocales, nueve de cada diez personas sirven para locutores. Y ocho de cada nueve —los que tenemos una voz común— estamos en mejores condiciones que aquellos pocos superdotados para establecer una relación de igual a igual con la gran mayoría de la audiencia, que habla tan comúnmente como nosotros.
Una emisora moderna —compañía antes que espectáculo— no necesita voces perfectas por la sencilla razón de que sus oyentes tampoco las tienen. En nuestros micrófonos, más que estrellas admirables, necesitamos amigos y amigas queribles. A los ratings me remito: los locutores con mayor puntaje no son los que gozan de excepcionales laringes. Lo que decide el favor del público es un buen cerebro, una mejor palabra y un óptimo corazón.
Quien tenga linda voz, que la aproveche. Pero no llegará a ser locutor por ella, sino por su personalidad, por su energía interior. En el buen cine, terminó la era de los galanes edulcorados y las chicas preciosas. Y en la radio actual, ya no cuenta tanto la voz como la simpatía del locutor.
Por cierto, no es lo mismo ser que hacerse el gracioso. Precisamente, con todos los artificios que les enseñan en algunas academias, los principiantes que entraron naturales y alegres al entrenamiento, regresan transformados en tipos arrogantes, mujeres autosuficientes. Una pesadez no reversible, puesto que la simpatía y la humildad son como hermanas siamesas, van pegadas, se alimentan una a otra.
Consejo hasta de un conejo: en vez de obsesionarnos tanto por una linda voz, mejor haríamos en cuidar la única que tenemos. ¿Dónde están los cigarrillos? Un locutor fumador equivale a un suicida laboral. Está arruinando su principal recurso no renovable: las cuerdas vocales. ¿Dónde está ella, la botella? El locutor es un atleta de la palabra. Igual que los deportistas, antes de la competición deberá abstenerse de muchas cosas gratas: helados y refrescos, cacahuates, chicles y otras chucherías que le empastan la voz. ¿Cómo cuidar la garganta? La miel y el limón son excelentes, pero no antes de hablar ya que producen mucha saliva. Y hablando de carraspeos, para aclarar la voz basta un vaso de agua fresca.
¿Qué hago con los nervios?
Antes que la voz, debemos dominar los nervios. Hay que espantar estos fantasmas que entorpecen, como ningún otro, la comunicación. Si lo pensamos bien, no existe ninguna razón válida para que una persona no logre expresarse con igual fluidez frente a un micrófono que ante un amigo. ¿De dónde nace el susto, entonces? ¿Cuál es la madre de todas las penas? El miedo al ridículo, no hay otra. La burla presentida, la mofa supuesta, la mueca de desprecio que creemos adivinar, la risa ajena que hace pedazos la propia estima. En cuanto a la cobardía en medios, la causa es la misma, sólo que multiplicada. Cuando salimos al aire, nos sentimos más expuestos, más vulnerables que en un grupo pequeño. Si metemos la pata, todos se enterarán. Si se nos lengua la traba, vendrá una rechifla masiva. A pesar de la soledad de la cabina, miles de orejas nos juzgan.
¿Se siente atemorizado cuando se acerca la hora del programa, cuando dan la señal para comenzar? El mejor camino para vencer el miedo es decidirse a vencerlo. ¿Qué hacer para controlar los nervios? Para comenzar, entre a cabina con ánimo positivo, cabeza erguida, pisando firme, con buen astral. Respire profundamente tres o cuatro veces antes de empezar a hablar. Así oxigenará todo su organismo y se sentirá más relajado.
El termómetro del miedo son las muletillas. Como un bastón para el camino, estas palabras postizas nos brindan un punto de apoyo para no caernos al hablar. ¿Eh?… ¿ah?… ¿no es cierto?… pues… éste… ¿viste?… El repertorio es interminable. Y lo peor es que no nos damos cuenta cuando las empleamos, porque las usamos cuando estamos nerviosos. Más que menos, todos tenemos nuestro vicio de muletillas. Pregúntele a un alguien conocido cuáles son las suyas. Descúbralas. Hágales la guerra.
En fin, olvídese de los nervios. La segunda vez le saldrá mejor que la primera. Y la tercera mejor que la segunda. Todo es cuestión de práctica. Así, practicando y practicando, ganará confianza y controlará los nervios. Siempre estarán ahí, seguramente le provocarán un cosquilleo antes de comenzar a hablar. Pero ya no le anudarán la garganta ni le dejarán la mente en blanco. En poco tiempo, usted habrá perdido el respeto al micrófono. Ya no lo verá como pistola que le encañona… sino como un apetitoso helado de chocolate.
Inspire, espire, respire
Buen número de problemas de locución se deben a la falta de aire. Es que nos hemos acostumbrado a respirar mal, apenas con la parte alta de los pulmones. En realidad, para una conversación común, donde las frases son naturalmente cortas, donde las repeticiones de uno mismo y las interrupciones del otro ofrecen suficientes pausas para tomar aliento, no hay mayor dificultad. El lío comienza cuando un locutor o una locutora se enfrentan, solos, a un texto con frases largas y párrafos rotundos. Cuando tienen que hablar y leer y seguir hablando sin contar con ningún otro recurso que su propia voz.
Los bebés, sin haber estudiado locución, saben respirar bien, con toda la panza. Sus pulmones pequeñitos necesitan llenarse para oxigenar todo el cuerpo. En eso consiste la tan recomendada respiración diafragmática: utilizar al máximo nuestra capacidad pulmonar.
El diafragma separa el tórax del abdomen. Funciona automáticamente, como un fuelle bien regulado.
Cuando inspiramos, este músculo se contrae, se aplana y permite la entrada del aire a los pulmones. Al revés, cuando el diafragma se afloja, botamos el aire convertido en anhídrido carbónico, espiramos.
Por eso, después de haber comido mucho, con el estómago repleto, tendremos dificultades para respirar. El diafragma no hallará cómo bajar y darle cabida al aire nuevo.
Igualmente, cuando estamos nerviosos, los músculos del diafragma se encuentran tensos, crispados, y tampoco permiten llenar los pulmones. Respiramos mal, apenas nos sale la voz. Y esto, a su vez, nos pone más nerviosos.
Venimos corriendo, desasosegados, angustiadas. Necesitamos mucho oxígeno para reponer el quemado durante el esfuerzo muscular. No nos alcanza lo que inspiramos por la nariz. Entonces, comenzamos a tragar aire por la boca. Además de escucharse feo a través del micrófono, estos jadeos nos impiden modular bien las frases.
Antes de entrar en cabina, como ya dijimos, es bueno respirar a fondo dos o tres veces. Relájese. Experimente cómo el aire fresco ventila hasta el último rincón de su cuerpo, desde la coronilla hasta el dedo gordo del pie. Ahora sí, colóquese bien frente al micrófono, sin encogerse ni doblarse. Acerque la silla, levante el pecho, descanse las manos sobre la mesa. Afloje cinturones o sostenes apretados. Siéntese y siéntase cómodo antes de hablar. De ese modo, administrará mejor su reserva de aire para poder colocar la voz, para terminar con buen volumen cada frase.
Mientras habla, inspire por la nariz. Y suelte el aire, poco a poco, por la boca. Si hace lo contrario, si inspira por la boca, sonará como si estuviera ahogándose. Por la nariz, normalmente, el aire no suena.
Hay muchos ejercicios para entrenar la respiración. Todos ellos tienen igual mecánica: inspirar ampliamente por la nariz, como inhalando el perfume de una flor, de manera que las ventanas nasales se abran, las costillas se separen y el diafragma descienda. La espiración puede ser más rápida, hasta violenta. O contenida, reteniendo el aire y controlando su expulsión. Por ejemplo, inspire profundamente. Aguante un poco el aire. Luego, suéltelo a través de un sorbete de refresco, como un globo que se desinfla, todo el tiempo que pueda. Durante unos 30 segundos, al menos. A más segundos, aumentará su capacidad respiratoria y el control del aire en sus pulmones.
Otro ejercicio que recomiendan es acostarse en el piso boca arriba, recta la columna, brazos a los costados, colocando un libro sobre el vientre. En esa posición, respire por la nariz, tratando de subir el libro lo más posible. Luego, bote el aire por la boca, poco a poco, contando mentalmente, hasta que el libro vuelva a su nivel inicial. Siga inspirando y espirando, subiendo y bajando el libro, aumentando su cuenta lo más que pueda. Respire así unos minutos. Repita este ejercicio un par de veces al día. A más de practicar la respiración diafragmática, quedará relajadísimo. ¡Y si se descuida, a punto de desmayar!
¿Hablar o escucharse?
Fíjese en este locutor: cierra los ojos y se lleva una manito a la oreja formando una especie de auricular natural. ¿A quién le estará hablando? El mismo se delata: a nadie. Se está escuchando a sí mismo, establece un corto circuito de su boca a su oído, sin llegar a ninguna parte. Se recrea en su propia voz.
Estos colegas hablan ante el micrófono, no con la gente. La desconexión es tan notoria que, muchas veces, olvidándose de los oyentes, se refieren a ellos en tercera persona: Tal vez los radioescuchas comprendan que… Pero, ¿a quiénes estará hablando si no a los radioescuchas? Esta distracción revela el desinterés del emisor y enfría completamente la relación con la audiencia. Como si yo, frente a usted, dijera esta frase: Tal vez él piense que… ¡Pero él es usted!
Locutor o locutora no es quien habla, sino quien logra el contacto, quien establece la comunicación con el otro, quien se hace escuchar. Una palabra al viento, una señal de sonido sin nadie que la reciba, equivale al silencio. Peor aún, al ruido. ¿De qué vale enviar una carta con un bonito remitente pero sin destinatario?
Un problema de los radialistas es que hablamos a ciegas. En la cabina, frecuentemente, no hay un alma. Colocados frente a un vidrio, que para algunos termina convirtiéndose en espejo, corremos el riesgo de acabar monologando, hablando solos, como los locos. Así como el oyente ve con su imaginación, el locutor debe entrenar su imaginación para ver al oyente. Para presentirlo en su casa, en su trabajo, en los lugares desde nos sintonizan.
Masivamente individual
Compramos el boleto y vamos el domingo al fútbol. En las gradas, una multitud vocifera los goles, chilla contra el árbitro, hace olas, brinca, se enardece con la victoria inminente. Una vez en medio del gentío, se nos contagia la euforia general. Aplaudimos cuando todos aplauden, reímos y maldecimos cuando todos lo hacen. Las emociones se transmiten de unos a otros como corrientes eléctricas, las opiniones sobre el partido se forman colectivamente, se condicionan por lo que dicen quienes nos rodean. Vivimos una verdadera comunicación de masas.
Nada semejante a lo que experimentamos al día siguiente, cuando nos levantamos y sintonizamos nuestra emisora favorita. Tal vez estamos solos, tal vez acompañados. En cualquier caso, la voz del locutor se dirige a mí, me habla en segunda persona, me interpela. A veces, la comunicación radiofónica se vuelve tan individualizada entre el locutor y un oyente que más parece un teléfono al aire libre.
Y sin embargo, nos hemos acostumbrado a decir que la radio es un medio masivo. ¿Por qué, en qué sentido masivo? Porque se dirige a muchos, a miles de oyentes se les ofrece el mismo programa. De acuerdo, la emisión es masiva. Pero el consumo no lo es. Y en eso estriba la diferencia. Es cierto que todavía hay comunidades rurales o indígenas donde la radio se escucha en grupo, incluso en la plaza del pueblito, con los parroquianos reunidos en torno a los parlantes. De esta manera se escuchaba antes, en tiempos de nuestros abuelos. Pero la tendencia, provocada por la aparición de la televisión y de los equipos transistorizados, ha sido a personalizar cada vez más la audición.
La confusión de planos —oferta masiva, consumo individual— puede llevarnos a grandes equivocaciones. ¿A quién hablamos cuando hablamos por radio? ¿A una muchedumbre? La verdad es que no sabemos a quiénes ni a cuántos nos estamos dirigiendo. Nunca lo sabremos con exactitud. En el estadio, se pueden contar los boletos. Y los oyentes, ¿cómo los contamos?¿quién nos asegura que inmediatamente después de la última medición gran parte del público no apagó sus aparatos, aburrido ya de nuestro rollo? ¿Y si ahora que estamos al aire nadie estuviera sintonizándonos? Por suerte, un telefonazo inesperado conjura el vértigo de nuestra soledad locutoril: ¡Hola, soy una fiel oyente de tu programa…!
Supongamos que tenemos una gran audiencia, comprobada o intuida. ¿Qué cambia esto? Porque esos miles de oyentes no están juntos, no se hallan reunidos en un lugar común para escucharnos. Ciertamente, cuando oímos el partido de fútbol a través de la radio, nos imaginamos la multitud y vibramos a la distancia con ella. En esos momentos, la radio vuelve a ser espectáculo, como hace unas décadas, y no es casual que sintamos ganas de salir corriendo donde los vecinos para compartir con ellos el fervor colectivo. Pero el estado habitual del radioescucha no es ése. La recepción de la música, de las noticias, de los mismos comerciales y hasta de los espacios dramatizados se ha ido individualizando, alcanzando niveles más íntimos que ningún otro medio de comunicación social.
Ahora, de lo dicho, se desprende uno de los más preciados secretos de nuestro oficio, santo y seña del perspicaz locutor: cuando hablas por radio, no te estás dirigiendo a una multitud, ni siquiera a un grupo. Te diriges a Luis. A Luisa. A una persona. A un amigo desconocido de plena confianza. A una amiga que desde algún lugar remoto te está escuchando a ti. La radio se ha vuelto diálogo, charla privada a la luz pública. No es discurso ante un auditorio ni declamación ante palcos repletos. En radio, conversar es el arte.
A partir de esto, algunos autores recomiendan el empleo exclusivo del singular en la locución radiofónica. Sería una antipática exageración. La mejor constatación de este error consiste en grabar una conversación cotidiana:
No, Micaela, ese champú no sirve de nada. Ustedes se lo ponen por presumidas, pero fíjate cómo te está horquillando el pelo. ¿No lo crees? Pues todas mis vecinas lo saben. ¡Es que nos quieren vender cualquier basura con el cuento de aparecer modernas!
En este párrafo, nuestra amiga salta del singular al plural, de la primera a la segunda persona. (La tercera se reserva para las ausentes). Así hablamos normalmente. Y es natural que así sea, porque Micaela es Micaela. Pero también es secretaria. Y es vecina. Y es clienta de la peluquería. Y es novia. Y es mexicana. Y… en cada dimensión se mezclan singularidades y pluralidades, yo y mis circunstancias. En radio, vale aclararlo, nos dirigimos a una sola persona, no a una persona sola.
Personalizar al receptor y también al emisor. Es decir, el locutor o la animadora de un programa de radio tienen nombre y carácter, tienen familia y humores, se pueden enfermar, se ríen, cuentan sus anécdotas, establecen complicidades con el público. Las voces sin rostro no crean lazos de amistad ni credibilidad.
Es curioso cómo la gente suele recordar más el nombre del conductor que el de su espacio.
El programa donde habla fulano, se suele decir. Y ello resulta de la dinámica interpersonal que pretendemos lograr en la comunicación radiofónica. Siempre se corren riesgos cuando el locutor, como aquel Manuel de Tamayo, comienza a pensar más en su voz que en su palabra, más en sí mismo que en sus oyentes. Pero si malo es el vedetismo, peor resulta el anonimato.
Una naturalidad bien entrenada
Algunos locutores — ¿complejo de superioridad, complejo de inferioridad?—, después de tantos años de práctica, no llegan a descubrir otro secreto radiofónico, consecuencia del mencionado antes: para lograr ese clima de conversación, la naturalidad es indispensable. En un ambiente familiar, íntimo, cualquier grandilocuencia resulta risible. Estas locutoras o locutores, por andar ensimismados, como los adolescentes, preguntan poco, leen menos y, una vez frente al micrófono, no tienen nada original que decir. A falta de nueces, hacen ruido. Engolan la voz, la fingen, imaginando que así despertarán la admiración de los oyentes. Solemnidad fatua, acicalamientos innecesarios que no hacen otra cosa que ridiculizar al locutor. Cada quien tiene el timbre que tiene y todas las voces suenan bonitas si transmiten alegría, vibraciones positivas.
Téngalo por seguro: la primera profesionalidad de un locutor o una locutora consiste en la máxima naturalidad de su voz. Haga esta prueba: póngase a locutar y grábese durante algunos minutos. Después, escuche: ¿Es ésa su voz? ¿O la está falseando? Llame a un amigo sincero y pregúntele: ¿Así hablo yo? ¿Sueno falso, desfiguro la voz? ¿Estoy gritando? ¿Parezco inseguro? Se trata de alcanzar un tono coloquial, fresco. Olvidar que tenemos un micrófono delante para que el oyente pueda olvidar que le están hablando a través de un micrófono. El mejor locutor es quien no lo parece.
Naturalidad, sí. Pero entrenada. Porque en el patio de mi casa yo puedo hablar con total desenvoltura y no menos tedio. La espontaneidad no garantiza la amenidad del locutor ni la captación del interés del público. Seamos realistas: siempre es más fácil aburrir que entretener. Incluso, los temperamentos más dinámicos, por aquella implacable ley del menor esfuerzo, pueden emprender el cómodo descenso hacia la pesadez hertziana.
No hay que darle tregua a la rutina. Ella es la enemiga principal de la locución. Como cualquier elemento físico, las palabras también se ven sometidas a la entropía, tienden al enfriamiento. Y no es fácil sobreponerse a este desgaste cuando uno tiene que hacer una entrevista diaria, un editorial diario, una revista de lunes a viernes, un programa cinco días por semana y cincuenta semanas por año. Y durante muchos años. En eso se prueba al verdadero profesional de la radio: cuando sabe mantener la energía primordial y encara el reto de hablar cada vez con la pasión de siempre.
Por segunda vez: ¿para qué la gente prende la radio? Precisamente para conjurar el cansancio de su vida. Para divertirse, para pasarla bien y levantar el ánimo. Nos guste o no, muy pocos (¿acaso nosotros?) prende el receptor para educarse, para ilustrar su mente, para que les amonesten la jornada. Tampoco queremos que nos hablen de problemas y cosas amargas. Y no es por egoísmo.
El asunto es que ya cargamos demasiados problemas propios para que, encima, nos salga uno más por radio. A través de los micrófonos usted puede hacer de todo, equivocarse, hablar locuras, quejarse sin razón. Hasta eructar, como escuché a un locutor majadero en un concurso de adivine el sonido. Los oyentes se molestarán, pero seguramente continuarán escuchando, siquiera para criticarle. Lo único que el público no aguanta —y con razón— es un locutor desganado. Nadie tiene obligación de soportarlo. ¿Por qué habría de hacerlo, sobre todo, si para librarse de él basta girar el botón del dial?
Cuando entres a cabina, deja atrás todas tus preocupaciones. Entra contento. Olvídate del novio traicionero y del dolor de tripas. Si estás de mal genio, ponte a buenas contigo mismo. Si no logras aquietar la sangre, mejor no locutes. ¿Para qué? Tus sentimientos, a través de un hilo invisible, se transmitirán a los radioescuchas.
Si estás triste, tu público se entristecerá; si alegre, se alegrará; si estás frío, enfriarás a quienes te oyen. Deja afuera, engavetados, tus problemas personales. Y entra a hablar o a grabar como si acabaras de ganar la lotería. Eso es profesionalismo.
¿Cómo mantener ese tono dinámico? ¿Hay alguna forma de lograrlo? Por supuesto que sí, dominando la modulación. Modular es jugar con la voz: subir el tono, bajarlo, cambiar el ritmo, apresurar esta frase, relentizar la otra, enfatizar las palabras más importantes y hacer la pausa oportuna. La buena modulación transforma una charla o una lectura plana, mo-nó-to-na, en palabra viva, cautivante.
Lo fundamental para una buena modulación es la convicción: creer en lo que se dice y querer decirlo a alguien. Si hablas porque hoy te toca y qué remedio, a los pocos minutos el público descubrirá la moneda falsa, la palabra hueca. Eso se siente, se intuye. Como cohete sin pólvora es un locutor sin convicción. Ahora bien, no hace falta diplomarse para adquirirla. Cualquier chofer a quien le choquen su carro, saltará a la calle y lanzará un discurso inflamado demostrando su inocencia.
Convicción del espíritu y gesticulación del cuerpo. Cuando entro a una cabina de radio, antes de atender a las voces de los locutores, miro sus manos. Al locutor de oficio se le reconoce enseguida por sus gestos, por las muecas de su cara, el brillo de sus ojos, la posición dinámica con que se coloca ante el micrófono. Aquí vale lo del huevo y la gallina, quién viene primero. Porque la convicción interior nos hace mover los brazos, enarcar las cejas, alzar el dedo que acusa y cerrar el puño que afirma. Y a su vez, la gesticulación exterior va produciendo en nosotros una actitud más convencida y, por ello, más convincente.
Frente al micrófono, hay que hablar con todo el cuerpo. No cruce los brazos ni los esconda detrás o bajo la mesa. Aproveche todos sus músculos, especialmente los de la cara, para darle fuerza a sus palabras. Igual que subraya una frase importante en el papel, aprenda a resaltar las palabras con el tono dinámico de su voz y el apoyo de las manos. No se trata de gritar. El micrófono no es sordo y la cabina no es el mercado.
Hable normal, pero con energía, cargando de intención y emoción las palabras. Tampoco se trata de correr. No confunda ritmo con atropello ni estar animado con desgañitarse. Sitúese a una cuarta del micrófono. Es la distancia ideal para la voz. Más cerca, sonará distorsionada. Más lejos, perderá presencia.
Con el espíritu suelto y el cuerpo desenvuelto, ya podemos liberar nuestra lengua y explorar sus infinitas posibilidades. La lengua no sólo sirve para hablar. Con ella cantamos, con ella podemos reproducir innumerables sonidos de la naturaleza. Si nos damos cuenta, las tres voces del lenguaje radiofónico —efectos, música y palabras— caben en este pequeño músculo que ocupa, por su increíble versatilidad, más espacio en la corteza cerebral que ningún otro del cuerpo humano.
Nuestras lenguas se han ido subdesarrollando, atrofiando sus posibilidades expresivas. La gesticulación, ciertamente, es un asunto cultural. Le expresión corporal de un guatemalteco o de un andino es mucho más retraída —o reprimida— que la de un brasilero o de un argentino. Que cada uno hable a su estilo, desde luego, pero desarrollando al máximo las posibilidades de su cuerpo.
Hable con un niño sobre aviones o sobre lo que sea. El niño sabe jugar con la voz e imitará con ella los ruidos ambientales. ¿Para qué nos sirve la boca cuando estamos tras los micrófonos? Para hablar, desde luego. Pero en nuestra locución podemos hacer otras cosas: silbar, tararear, declamar, imitar, reír, suspirar, susurrar, chasquear. Podemos incorporar en nuestra conversación todos los sonidos del mundo. Sacarle provecho a la lengua, nuestra más dócil colaboradora.
Muchos manuales de locución ponderan el acento neutro. Según éstos, lo más profesional sería una forma de hablar lo menos reconocible, un idioma sin impurezas ni cadencias que no trasluzca la procedencia de quien lo emplea. Y así, hay profesores que corrigen al mexicano por marcar de mas la erre, o la ese; esas inflexiones tan profundas, como de guitarrón. Le hacen repetir villa y caballo a la argentina para que las elles no chirríen tanto.. Nos dijeron que el locutor, como la leche, debe salir pasteurizado y homogenizado.
Pero detrás de ese afán de uniformismo están más de 500 años de complejos. Aunque los criollos eran mestizos y mulatos, no querían parecerlo. Que no se discubra al indio por las vocales cambiadas ni al esclavo negro en el acento de mandinga. Que en la escuelita de la sierra y de la selva se enseñe el correcto castellano de la Real Academia. Que parezcamos blancos. Que hablemos como blancos. Para españolizarse más, algunos locutores emplean el vosotros y hacen gala de las zetas.
Pero aquí no estamos en Toledo ni en Salamanca. Más aún, los andaluces no hablan como los gallegos ni como los catalanes. No existe el pretendido castellano único ni siquiera en la tierra de Lope de Vega, mucho menos en nuestra variopinta América Latina. Así pues, dejemos el acento neutro
—tan imposible de lograr como aburrido si lo logramos— para los lingüistas melindrosos. Y que las chilenas sigan hablando con sus agudos y los mam de Guatemala con sus guturales y los aymaras de los Andes con su irrepetible k’ y las brasileras con sus múltiples sotaques. Que cada país y cada etnia tenga su tonalidad propia.
Defendiendo los acentos regionales y nacionales no queremos echar por la ventana el esfuerzo por pronunciar bien las palabras y las letras. Una cosa es el acento y otra la mala dicción. Si el dominicano trueca la r por la l y la l por la r, esa falla debe enmendarse. Si usted come más eses que espaguetis, ponga un poco de cuidado a la hora de locutar. Pero una cosa es atender la pronunciación y otra obsesionarse por ella. A los oyentes no les preocupa tanto que el locutor se salte una ese porque ellos se saltan cien.
Buena articulación, mejor dicción
Llamamos buena articulación a la pronunciación clara de las palabras. Que los demás puedan oír y distinguir bien todo lo que decimos. Por costumbre o pereza, algunas personas hablan con la boca muy cerrada, casi sin mover los labios. Otros, por timidez, adoptan un tono muy bajo y apenas se entiende lo que dicen. Levante la cara, limpie su garganta, temple sus cuerdas vocales, abra bien la boca. Igual que el músico, el locutor y la locutora afinan su instrumento antes de tocarlo: para que el público no pierda una sola nota de su sinfonía.
Una práctica recomendada para articular mejor consiste en morder un lápiz, como si tuviéramos un freno de caballo en la boca. En esa posición, póngase a leer un periódico. O si prefiere, cante el himno nacional completo, con voz fuerte. Haga este ejercicio todas las mañanas. A más de fomentar el patriotismo… ¡relajará todos los músculos de la cara!
También ayuda el silabeo. Tome un libro y lea en voz alta, lentamente: Cuan-do-el-co-ro-nel-Au-relia-no—Buen-dí-a… Avance algunos párrafos así, exagerando la lectura, como haciendo muecas. Luego, silabee mas rápido, asegurándose que pronuncia cada una de las letras de cada palabra.
La buena dicción es otra cosa, trata de la exacta pronunciación de todas las letras y las palabras. La articulación se refería a la claridad. Ahora hablamos de la corrección. No hay que apelar a la popularidad de la emisora ni a la coloquialidad del lenguaje radiofónico para machacar el idioma. En un radiodrama no importa, porque refleja nuestra manera de hablar cotidianamente. En una entrevista, el entrevistado puede hablar como le venga en gana, mientras no ofenda. Pero para conducir una revista o un informativo, los locutores deberán esforzarse en pronunciar bien.
Tampoco hay que irse al otro extremo, a una manía por la dicción que le reste naturalidad al locutor. Son esos que quieren pronunciar hasta la segunda s de Strauss y la p de la psicología. En algunos cursos de locución, se ejercita el sonido fricativo de la v para diferenciarla de la b. Tal exageración, no admitida en el idioma español, suena muy pedante.
Veamos algunos de los errores más frecuentes de la locución:
Letras comidas o añadidas: las eses especialmente
Letras cambiadas: l x r, c x p, t x b…
Palabras mal dichas: haiga en vez de haya
hubieron en vez de hubo
suidad en vez de ciudad
satisfació en vez de satisfizo
fuistes en vez de fuiste
naiden en vez de nadie
Grabiel en vez de Gabriel
Los trabalenguas no sólo sirven para los niños, sino para mejorar la dicción de los adultos. Busque uno con letras incómodas para usted. Por ejemplo, si tiene problema con las erres, no dude en practicar el consabido: “Erre con erre, cigarro, erre con erre barril, rápido corren los carros siguiendo la línea del ferrocarril”. Pronúncielo dos, cuatro, ocho, dieciséis veces… ¡hasta que la lengua le obedezca!
En las fórmulas químicas tenemos otro estupendo ejercicio de dicción. Lea esos papelitos de letra pequeña donde vienen escritas las enredadas fórmulas de los medicamentos. ¡O imite a Mary Poppins cuando enseñaba a cantar a sus pupilos aquello de SUPERCALIFRAGILISTICOESPIRALIDOSO!
Leer o no leer: ¡ésa es la cuestión!
¿Qué pensaría usted si yo llego de visita a su casa, saludo, entro, me siento, saco un libro y me pongo a declamarlo delante de usted y de su familia? Sospecharía que falta un loco en el manicomio, ¿no es cierto? Pues de esos locos hay muchos, sólo que en las cabinas de nuestras emisoras.
Por radio no se lee. En ningún formato. En los informativos, si se descubre el tono de lectura, resulta menos grave, porque el oyente sabe que la noticia no está siendo improvisada por el locutor.
Pero en los programas de animación, en los deportivos, en los musicales, en las charlas, en los sketches, en las revistas, en las mismas cuñas, hasta en los editoriales, está prohibido leer. Más exactamente: que suene ha leído.
¿Por qué? Porque el oyente se distrae. O se fastidia. Porque cuesta seguir el sonsonete de la lectura. Compruébelo: tome un periódico y póngase a leerlo usted solito. Va más lento o más rápido, se salta estos renglones que no le interesan, ahora vuelve atrás porque se le escapó un dato, mira una foto, repite este párrafo que le gustó y quiere saborearlo mejor. Cuando lee, usted impone el ritmo.
Cuando a usted le leen, va a remolque. Tiene que estar concentrado y reconcentrado, para no perder el hilo de la frase ni la madeja del párrafo. La situación se complica si es por radio, donde no existe la posibilidad de decirle al distante locutor: me perdí, hermanito, repíteme esa parte.
Lo leído, cansa. Cansa en los congresos, en los simposios, en los mal llamados seminarios que se atiborran de ponencias. En la clase sucedía lo mismo, cuando le dictaba el apunte. En la radio no hay más estímulos que la voz de los locutores.
El problema es más de fondo. Cuando leemos, estamos descifrando un código escrito. Ese lenguaje escrito tiene una sintaxis —la forma de enlazarse las palabras— bastante diferente al lenguaje hablado. La mejor manera de comprobar esto es grabar una conversación familiar y luego transcribirla, pasarla al papel tal cual, sin editar las oraciones ni los párrafos. Descubriremos con sorpresa, como la primera vez que nos vimos en un espejo, la original construcción del lenguaje hablado: las repeticiones de palabras, los titubeos, las inversiones de verbos y predicados, las onomatopeyas, las idas y vueltas de la frase, los elocuentes absurdos de nuestra lengua espontánea.
Con las palabras pasa otro tanto. A la hora de escribir, echamos mano de expresiones inusuales, compradas en otro almacén lingüístico. Palabritas domingueras, como les dicen en el Caribe, para diferenciarlas de las que empleamos a diario.
Ese lenguaje escrito no sirve para la radio. Así como no podemos leer por el micrófono —que suene a leído—, tampoco podemos escribir —que parezca escrito— para el micrófono. El estilo de la radio es vivo, caliente, conversado. Esto hay que decirlo una y mil veces, repetirlo, grabarlo en letras de oro sobre la puerta de la cabina para que no se olvide al entrar: hacer radio es hablar con el público, no leer un escrito ante él.
Hay que aprender a leer como si estuviéramos conversando. Algunos formatos, por la responsabilidad que implican, deberán ser libretados hasta en sus últimos detalles. Nadie será tan imprudente como para improvisar un editorial sobre un tema político grave, donde cada palabra tiene su peso y su medida. En estos casos y otros, habrá que quemar pestañas para redactar un buen texto y pulirlo bien. Pero luego, a la hora de la verdad, al momento de salir al aire, lo interpretaremos dando la impresión de algo fresco, que se piensa y se dice en ese mismo momento.
John Hilton, uno de los más populares charlistas de la BBC en los primeros años de la radio, tenía una regla básica para dominar esta técnica de la lectura que no lo parece: para leer como si estuviéramos hablando, hay que hablar mientras se escribe. Si estuvieras cerca de mi cuarto mientras estoy escribiendo una clase, oirías voces y refunfuños y una completa declamación desde el comienzo hasta el fin. Dirías que ahí dentro hay alguien que tiene un tornillo suelto, que no para de hablar solo. Pero no estaría hablando solo, te estaría hablando a ti.
Escriba para el oído, ésa es la fórmula. Escriba oyendo las palabras, saboreando los giros, incluso las incorrecciones de sintaxis propias del lenguaje hablado. Escriba así mismo, como suena, y verá —mejor dicho, escuchará— la diferencia.
Cuatro niveles de lectura
“Yo pongo el libreto y tú la voz”, esta frase no es rara, se escucha con deplorable frecuencia en las emisoras. Y muchos locutores acaban creyéndosela. Que suene bonito, eso es lo que cuenta. Que el locutor se ocupe de la forma y el productor de las ideas, del contenido. Con esta división de tareas, el locutor queda reducido a una bocina que emite sonidos, que no necesita entender lo que lee. Preocupante atrofia, porque el locutor o la locutora no hablan al vacío, se dirigen a la gente, a un público muy concreto.
¿Cómo pueden comunicar lo que no sienten y cómo puede sentir lo que no entienden? El primer nivel —imprescindible para cualquier tipo de locutor o locutora— es la lectura comprensiva: entender lo que está diciendo, hacerse responsable de las frases que salen de su boca. ¿Qué ejercicios ayudan para desarrollar esta capacidad? Comencemos por las palabras. Lea la página de una novela. ¿Hay algún vocablo que desconoce? Eche mano del tumba burros. Si usted se acostumbra a leer con un diccionario al lado, en poco tiempo habrá duplicado o triplicado su vocabulario.
Lea otra vez la misma página. Descubra la idea central y resuma el contenido en pocas palabras.
Si no entiende, léala de nuevo. Para no aburrirse hablando solo, haga esta práctica con un amigo. Se trata de hacer una síntesis, no de memorizar el texto.
Al segundo nivel le podríamos llamar lectura punteada. Los signos de puntuación son como las señales de tránsito del idioma. Como en la carretera, también en un texto se sufren accidentes: correr demasiado puede matar el sentido de lo que está escrito. Al contrario, si frena a tiempo, las pausas hacen comprensible el texto y lo resaltan.
Hay dos signos de puntuación fundamentales: las comas son como la luz amarilla y se entonan hacia arriba y los puntos representan el semáforo rojo y se entonan hacia abajo.
¡Aproveche para tomar aire en esos semáforos, especialmente en los rojos!
Una buena práctica consiste en leer unos cuantos párrafos delante de un amigo. Sin ver el texto, él deberá indicarle dónde cree que van las comas y los puntos. Si coincide con lo escrito, usted está respetando los signos de puntuación.
Veamos ahora otros signos de puntuación que también conviene conocer y obedecer: El punto y coma (;) separa frases más largas e implica una pausa mayor que la coma.
Los dos puntos (:) van antes de una enumeración. Se hace una pausa más breve que el punto.
Los puntos suspensivos (…) indican algo inconcluso o preparan una sorpresa. La entonación queda abierta, suelta.
Con las interrogaciones (¿?) podemos hacer:
-preguntas cerradas (de respuestas sí o no) que se entonan hacia arriba: ¿Quieres un helado?
-preguntas abiertas (qué, cuándo, dónde…) que se entonan hacia abajo: ¿De qué sabor lo quieres?
Las admiraciones (¡!) exigen mayor énfasis en la entonación de la frase. Mantenga esa misma fuerza hasta el final, sin desinflarse.
Los paréntesis ( ) se modulan con una lectura más suave, bajando el tono.
Cuando las comillas (“ “) denotan ironía, también se baja un poco el tono. Si destacan una frase célebre o una cita, se hace una pausa breve, se cambia el tono y se enfatiza la lectura.
Tercer nivel: la lectura modulada. Ya mencionamos antes la modulación y su correlativa gesticulación. Si para hablar sin papeles es necesaria, para leer resulta imprescindible. Porque cualquier texto escrito puede ablandarse con un buen juego de voz.
Para modular mejor, los locutores ganan texto con la vista. Los ojos van por delante captando palabras que todavía la boca no ha pronunciado. Esto permite comprender el sentido de la frase, prever algunos términos difíciles, saber cuándo respirar, llevar mejor el ritmo. Este ejercicio supone gran concentración. Habitúese a ganar con los ojos tres o cuatro palabras. O incluso más.
Muchos locutores y locutoras marcan el texto que van a leer, subrayan con un lápiz las palabras principales que dan sentido a las frases y las destacan con una mayor intensidad de voz. También resaltan los números o cifras claves en una información.
Y un cuarto nivel, que podríamos llamar de lectura libre. Hilton nos recomendaba hablar mientras escribíamos para luego poder leer como si estuviéramos hablando. Perfecto. Ya tenemos un libreto escrito para el oído. Ahora hay que leerlo dándole ese sabor de improvisación, de conversación natural. ¿Cómo conseguir esto? El camino más recto es rodear el texto, despegarse de su literalidad, parafrasearlo. Por ejemplo, tome una frase de su comentario:
Si el FMI sigue apretando, la cuerda se va a romper.
Una lectura libre podría ser así:
Si el FMI sigue, si continúa a-pre-tan-do… ¡ayayay!… la cuerda, chás, se va a romper.
No hay que hacer algo similar en cada línea. Ni se trata de inventar o cambiar el sentido a lo que está escrito en aras de la originalidad. Por ello, el locutor debe conocer bien el texto de antemano.
Ahora, ensaye pequeños contrabandos que flexibilizan lo que está escrito. Y que un amigo o amiga le responda a esta pregunta: ¿parece que estoy conversando? No olvide que la mejor lectura será la que no suena a leída.
La improvisación
Un locutor necesita aprender a improvisar, a soltar la lengua. A correr la aventura de hablar sin papeles. Por si acaso, anotemos que improvisar no consiste en decir lo primero que me venga a la boca. La verdadera improvisación exige incluso más preparación que la redacción de un texto.
Supone investigar, hacer un esquema de ideas, tener los materiales a punto, estar en forma. Una vez listos, como deportistas bien entrenados, desplegamos las alas delta y echamos a volar nuestras palabras vivas desde la antena radiante hasta el oído del receptor.
La capacidad de improvisación, la fluidez de palabras, depende de una actitud permanente de curiosidad, de observar el mundo para conocerlo, de interesarnos en los demás, de charlar sobre los más variados temas. A hablar se aprende hablando. Y leyendo. El vicio propio de los locutores son los libros, las revistas, los periódicos… Sin mucha lectura será difícil improvisar sobre ningún tema. El locutor se parecerá a un pozo seco de donde no brota ninguna opinión ni pensamiento propio.
Una buena técnica para ejercitar la improvisación consiste en escribir varios temas en papelitos y meterlos en una gorra. Pueden ser temas complejos (las leyes migratorias) o más cotidianos (la minifalda). Uno a uno, los compañeros van sacando un papelito y deben hablar un minuto o dos sobre ese tema. Los demás evaluarán:
¿Dijo algo? ¿Dio muchos rodeos?
¿La entrada fue atractiva? ¿Y la salida?
¿Usó muletillas? ¿Se le notaba inseguro?
¿El lenguaje fue ingenioso? ¿Quedó alguna idea clara?
¿Qué puntaje le daría del 1 al 10?
Parteras de palabras
Competir, triunfar profesionalmente, estar en los primeros lugares del rating… ¿quién no ambiciona esto? Un locutor no se resigna con ser escuchado por un grupito ni una élite. Su destinatario es la gran audiencia. El problema es que la popularidad no se decreta: ¡se conquista!
¿Cómo conquistarla? Lo primero, no imitando a nadie. Hay quienes malgastan su vida locutoril remedando ídolos, deslumbrados por los que ellos consideran estrellas del micrófono. ¿Lo serán tanto? En todo caso, deje a los monitos en la selva y busque su estilo propio, su camino. No se sienta superior a ningún colega, pero tampoco inferior. Desarrolle su personalidad. Apóyese en usted. Atrévase a ser diferente. Y recuerde: el mejor locutor es quien se parece a sí mismo.
El estilo propio es una combinación armoniosa de las cualidades que cada uno y cada una tiene. Se consigue aprovechando al máximo sus aptitudes: voz, talento, temperamento, formación… Lo decisivo, sin embargo, es la actitud con que el locutor o la locutora se relacionan con su audiencia: ¿calidez?, ¿pedantería?, ¿desgano?, ¿entusiasmo?
Lo dicho hasta ahora sería inútil si falla la base para establecer una buena comunicación: las ganas de comunicarse. Porque ser locutor, como ya dijimos, no es tener linda voz, ni siquiera tenerla educada. Ser locutor es sentir una pasión por dirigirse a los oyentes, por dialogar con ellos. Una pasión de hablar. Y una pasión aún mayor de escuchar. Antes que emisores, somos receptores.
Y nuestro primer deber —primer placer— será siempre atender a los demás y aprender de ellos. Locutor y locutora se escriben con prefijo: interlocutor, interlocutora.
Alguien pensaría que la popularidad de un locutor se consigue —como el título de su oficio indica— hablando. Aquí ocurre, sin embargo, lo que en las relaciones interpersonales. ¿Qué amigo nos cae mejor? ¿Quien habla más? ¿O quien nos escucha más? Todo buen conversador sabe que lo más interesante para la gente es la gente misma. Por eso, si usted quiere ganar muchos amigos y amigas —en la vida, en la radio o en el ciberespacio— comience interesándose por el otro, escuchando más que hablando.
¿Quiere ser el locutor más exitoso? Conozca a su público. ¿A qué hora se levantan las amas de casa, con qué música de fondo estudian los chicos, con qué velocidad de locución prefieren oír las noticias los vecinos? Aprenda sus rutinas, sus horarios, el trasiego de su jornada. Y acompañe esa jornada desde la cabina de locución. No es lo mismo abrir un micrófono por la mañana que a medianoche. Un joven tiene una actitud de escucha muy diferente si es lunes o si es sábado. El reloj y el almanaque marcan el paso. Se trata de hacer bailar la programación al ritmo de la vida cotidiana.
¿Quiere ser la locutora más popular? Entréguese a su público, siéntalos como amigos y amigas, presiéntalos como familia, haga suyos los gustos y los intereses de las mayorías. Cuando un locutor se identifica con los oyentes, los oyentes se identifican con él. Cuando un locutor va al encuentro de la gente, su palabra se multiplica, germina.